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El blog de AirEuropa

10 mayo 2018

Disfrutando del mundial y los atractivos de Salvador de Bahía

El Mundial de Fútbol puede seguirse en nuestros televisores, pero también puede vivirse en Brasil. Partido a partido y sede a sede, es una fantástica excusa para descubrir algunos de los mejores destinos del país Carioca. Antonio Cartier, integrante de El Contragolpe , nos cuenta su experiencia en Salvador de Bahia, destino que servimos con cuatro frecuencias semanales.

Tras 9 horas de tranquilo vuelo desde el rebautizado aeropuerto Adolfo Suárez Madrid Barajas llegamos a Salvador de Bahía pasadas las 4 de la mañana (hora local). La apariencia de “nave industrial” no nos dejó una primera buena sensación de boca, aunque es cierto que cuando nos tocó volver descubrimos que la zona de Salidas es mucho más moderna.

Después de recoger el equipaje el guía nos llevó hasta el hotel, en primera línea de playa. No eran las 6 de la mañana y ya había amanecido y el calor era importante. Quizá la alta humedad sí provocaba dicha sensación.

Lo primero que hicimos fue pasear por la playa. Grande, inmensa, salvaje. El oleaje no animaba a nada más que a contemplar la fuerza del mar, tomarse algo sentado en una de las hamacas y ver cómo los niños jugaban al fútbol. Porque sí, esa imagen de los niños jugando al fútbol en las playas brasileñas la hemos visto repetida decenas de veces en estos días.

La ciudad, de unos 3 millones de habitantes, tiene un tamaño mayor al de Madrid. Su grandeza está justificada, ya que fue la primera capital de Brasil, como bien nos recordó varias veces nuestro guía y como vimos en algunos carteles. Dicen que para conocer bien Brasil hay que ir a Salvador de Bahía, Río de Janeiro y Brasilia, las tres capitales. Ya, sólo me faltan dos…

Definir esta ciudad me resulta complicado, ya que se escapa a muchos parámetros que tenemos los europeos (o al menos tengo yo): puedes ver mucha pobreza pero unas carreteras impecables con sus palmeras y el césped recortado en las medianas; puedes ver rascacielos modernos y junto a ellos, pared con pared, chabolas; puedes ver perros por la calle, sueltos, pero no tenía la sensación de estar en una ciudad especialmente sucia; podías ver mucha gente pobre pero grandes centros comerciales donde, según me dijeron, no iban los ricos “-¿entonces quién? – los pobres, gastan lo que tienen en comprar”; puedes ver coches modernos y al mismo tiempo casas sin siquiera puertas… Los contrastes son contínuos y a cada paso descubres uno nuevo.

Algunas de las “visitas obligadas” en Salvador son las iglesias. Hay muchas por toda la ciudad, pero las más importantes son la Iglesia de Bonfim donde me llamaron la atención tres cosas: la sala llena de piernas, cabezas y manos de plástico colgadas del techo que la gente dejaba ahí para dar gracias por haberles curado; una réplica del Papa Francisco con el que te podías hacer una foto (gratis con tu cámara y pagando si querías una foto realizada por un profesional y con copia en el momento) y las tiras de colores, que bien podrían parecer simples pulseras . Estas tiras estaban atadas en le verja, los pomos y casi cualquier sitio que se pudiera. Cada una de ella era una petición. El resultado es cuanto menos curioso. Y colorido, claro.
La otra gran iglesia es la de San Francisco, situada en el barrio céntrico y alto, el Pelourinho. Para entrar hay que pagar 5 reales (unos dos euros) y, como todo en Salvador, sorprende por su contraste: un patio en mal estado y que necesita unas importantes reformas y un interior barroco con oro, mucho oro, según nuestro guía más de mil kilos de oro. Impresiona, por supuesto. Y agobia. También impresiona saber que las mujeres y los hombres tenían que estar cada uno a un lado, y que los esclavos tenían una esquina apartada donde podían escuchar la misa pero no ver nada. Esclavas a un lado y esclavos al otro. Eso también tendría que agobiar.

Estando en la plaza alta uno puede salvar los 73 metros de desnivel usando el elevador Lacerda que une la Plaza Thomé de Souza, y la Plaza Cayrú en la parte baja. Justo ahí se encuentra otro de los puntos importantes de la ciudad, especialmente para los turistas, el Mercado Modelo. Allí compramos nosotros algunos de los souvenirs.

Tampoco debe uno perderse la visita al Faro Fuerte de Santa Antonio de la Barra. Un sitio que nos recuerda lo pequeños que somos, pues él ha visto más de tres siglos desde su inauguración, en 1698, siendo el primer faro de Brasil. Desde ahí, la Bahía en todo su esplendor. Un paisaje maravilloso.

Nuestro viaje, desgraciadamente no dio para mucho más. Seguro que nos perdimos mucho que ver en Salvador. Quizá tengamos que volver.

Air Europa