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El blog de AirEuropa

5 noviembre 2014

Londres se tiñe de verde

Pista central de Wimbledon

El próximo 23 de junio arranca en Londres, destino que Air Europa sirve con dos vuelos cada día, el torneo más prestigioso del planeta. Wimbledon, la catedral de la hierba, el templo del tenis, pone a prueba la valentía de los jugadores en el histórico césped que acoge el tercer Grand Slam de la temporada. La capital de Inglaterra se convierte durante las próximas dos semanas en la capital del deporte de la raqueta, que viaja hasta el lugar donde empezó todo muchos años atrás. De la mano de TENNISTOPIC conocemos más acerca de este torneo.

“Lo que llama la atención cuando juegas en la pista central de Wimbledon es el silencio. Botas la pelota contra el césped y no se oye ningún sonido; la lanzas al aire para sacar; la golpeas y escuchas el eco del golpe. Y después de eso, el eco de cada golpe posterior, los tuyos y los del contrario”. Las palabras de Rafael Nadal escritas por John Carlin en la biografía del mallorquín reflejan cristalinamente qué significa Wimbledon, el torneo más antiguo y prestigioso del mundo.

Wimbledon es la historia, porque desde 1877 escribe cada año una nueva página con letras de oro en el libro de la eternidad. Wimbledon es la tradición, porque todo aquel que pise el manto verde para competir debe vestir de blanco inmaculado, haciendo un guiño al pasado cuando los uniformes de los jugadores estaban presididos por completo de ese color. Wimbledon es el respeto, porque el público entiende que el silencio es una condición incuestionable para que los tenistas compitan rodeados de una atmósfera sagrada. Wimbledon es el torneo por encima de cualquier otra cosa, porque no no hay publicidad en sus pistas, teñidas de verde y salpicadas por tonos púrpura, los característicos colores del All England Lawn Tennis and Croquet Club. Wimbledon son los detalles: cada año se consumen más de 30.000 kilos de fresas acompañados de dulce de crema (7.000 litros) que cada mañana llegan desde el Condado de Kent, a partir de las 23.00 horas no se puede jugar porque la organización tiene un acuerdo con los vecinos del lugar para evitar alterar el descanso a esas horas y, a diferencia de los otros torneos del Grand Slam, el domingo de en medio no se juega, siendo un día de descanso.

Londres, por supuesto, lo vive como uno de los acontecimientos más importantes del año. Que el británico Andy Murray lograse en 2013 ganar el torneo, rompiendo una maldición prolongada durante 77 años (desde 1936 cuando Fred Perry se alzó con la victoria, siendo el último jugador local capaz de hacerlo) ha renovado la energía de los habitantes de la mayor ciudad de la Unión Europea. Ellos, no obstante, no son los únicos que acuden a la cita, convirtiendo cada punto de la ciudad en una improvisada tertulia tenística, un punto de unión entre aficionados. Llegados desde todas partes del mundo, una heterogénea marea de culturas se reúne para disfrutar del torneo por excelencia. Así, es posible ver a seguidores de Roger Federer portando banderas suizas por los característicos autobuses rojos de dos plantas que devoran la ciudad a ojos de los turistas, ver a otros con banderas españolas pasear junto al icónico Big Ben o algunos serbios junto a la Columna de Nelson, en Trafalgar Square.

Wimbledon es un pueblo y una ciudad. Gran parte de la villa medieval original es hoy la calle principal. La expansión, la evolución moderna, queda retratada en la estación de tren construida en 1838, que comunica la zona con Londres. Allí, en ese pequeño rincón del Reino Unido, buscan desde el lunes los mejores jugadores del universo levantar la copa dorada. Un trozo de gloria. Un hueco en el futuro. Un trofeo como no hay otro en el universo a conquistar sobre el suelo verde. La hierba como pasarela hacia la leyenda.

Rafael Plaza

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